domingo, 21 de julio de 2013

Responsabilidad en la Educación

Que se puede opinar sobre esta situación, de está historia que parece sacada de una realidad exagerada. Qué interrogantes uno puede hacerse para encontrar una solución, cuál es el problema: El sistema, los maestros, falta de material, infraestructura, los niños, los padres?
Cada día se repite en muchos lugares diferentes situaciones: Maestros poco preparados, falta de materiales y medios educativos, niños y jóvenes esperanzados en la enseñanza de otros, que si no existe, pues sencillamente ellos no aprenden y sus padres y familias tienen muchos a quienes culpar.
Cuando nos daremos cuenta, que los únicos responsables de la educación de nuestros hijos somos nosotros, las familias. Nosotros debemos inculcar en nuestros niños la responsabilidad por aprender. Debemos mostrarles que para aprender no se necesita de agentes externos, el autoaprendizaje debe ser inculcado desde la más tierna infancia.
Por mucho que nos enseñen sólo aprenderemos, en esta vida, si estamos motivados a hacerlo, esa es nuestra responsabilidad.
El mundo no cambiará sino lo hacemos primero.

En esta historia, «los padres» y autoridades educativas responsabilizan del aprendizaje de los niños a la maestra, la maestra responsabiliza al sistema y falta de materiales, los niños no toman responsabilidad por aprender y crean caos producto de la ociosidad. Ellos son incapaces de plantearse preguntas, incapaces de salir a explorar el clima, incapaces de aprender :-( si no hay quien les enseñe o les dirija.

Durante la visita a una escuela, un supervisor observó algo que le llamó la atención: en un aula una maestra, aparentemente nueva, estaba atrincherada en su escritorio, mientras los alumnos provocaban un gran desorden; el cuadro era caótico.


–“Permiso, soy el supervisor de turno, ¿hay algún problema?”, dijo al ingresar.
–“Estoy abrumada, señor, no sé qué hacer con estos chicos... No tengo láminas, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles.”

El supervisor, que era un maestro con amplia experiencia, vio un corcho en el desordenado escritorio. Lo tomó y con serenidad se dirigió a los alumnos:

–¿Qué es esto niños?
– “Un corcho, señor”, gritaron los alumnos sorprendidos.

–Bien, ¿de dónde sale el corcho?
–“De la botella, señor. Lo coloca una máquina...”, “del alcornoque, de un árbol, de la madera...”, respondían animosos los niños.

– ¿Y qué más se puede hacer con la madera?, continuaba entusiasta el docente.
–“Sillas...”, “una mesa...”, “un barco...”, gritaban.

–Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en la pizarra y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito? Escriban a qué ciudad pertenece. ¿Y cuál es el otro puerto más cercano? ¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta habrá nacido ahí? ¿Qué produce esa región? ¿Alguien recuerda una canción de ese lugar?
así, sin mucha complicación y sin proponérselo, el viejo maestro se vio dictando lecciones de geografía, de historia, de música, economía, literatura, etcétera.

La maestra del aula quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:
–“Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias.”

Tiempo después, al volver a la escuela, el viejo maestro vio sorprendido la misma escena de la primera vez: la profesora acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden.

–“Señorita... ¿qué pasó?, ¿se acuerda de mí?”
–“Sí, señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho ¿Dónde lo dejó?”

Este es un extracto de un cuento de Enrique Mariscal, pedagogo argentino y consultor de las Naciones Unidas. 

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